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| Ya no hay jueces intangibles ni anónimos |
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| En sus últimos tiempos como presidente del Superior Tribunal de Justicia solía quejarse por el decorado. Es que alguien le había instalado a la fuerza, sin preguntar, dos nuevos y enormes sillones que no servían de mucho. Ahí amontonados, brillantes y sin usar llamaban la atención, tanto como tres cuadros de los varios que pueblan sus paredes. Dos son dibujos del artista de Playa Unión, Miguel Ángel Guereña: un rostro del escritor Ernesto Sábato y un retrato del propio Alejandro Panizzi de espaldas, traje y pantalones bajos hasta los tobillos; el tercero, una fotografía blanco y negro de un gol de taco de un ignoto delantero de Los Andes, un tal Farías, contra el mismísimo Boca. |
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A su manera, estos detalles hablan de porqué el paso de este juez por la cabeza del Poder Judicial debería ser recordada. Se puede empezar por su frontalidad: no le dio ningún calor colgar el cuadro que lo muestra semidesnudo. Para los íntimos no necesita explicación. En alguna de sus tantas polémicas, él mismo alguna vez advirtió que no se bajaría los pantalones ante las presiones políticas o sociales. El artista captó el gesto y le regaló el cuadro, que es casi un orgullo personal por más trasero que se muestre.
Antes del dasnevismo y del nuevo Código Procesal Penal, los ministros del Superior Tribunal eran intangibles y los habitantes de los Tribunales, anónimos. Lograr una entrevista a un juez que quisiera hablar de lo inteligente que es era poco menos que una proeza. Los pinchazos del Ejecutivo les hicieron el aire irrespirable y debieron salir a responder. La gente los conoce un poco más. Los magistrados nunca estuvieron muy acostumbrados a salir a la palestra. Panizzi no se cansa de admitir que a ese Poder le cuesta horrores construir poder y hacerse respetar sin subordinarse a políticos y legisladores. No por nada hizo historia: en 2008 y 2009 Legislatura rebotó dos veces el presupuesto judicial.
El ministro –que a esta hora ya le dejó su cargo a Daniel Caneo- cree de corazón que no hay que hacer aquello de lo que luego no se pueda hablar. Por eso fue un hombre que le dio títulos a la prensa. Basta un ejemplo: no dudó en dejar su despacho y salir a la vereda para escuchar los reclamos de casi 300 comerciantes de Rawson que le fueron a pedir explicaciones cara a cara por la seguidilla de robos en la capital. No sólo se hizo respetar sino que los conformó con su respuesta. Y no dijo nada que no diga antes: el doble discurso no es lo suyo. No estaba previsto pero los vecinos caminaron 50 metros más y se quejaron, quizás más fuerte, en la Legislatura. Panizzi lo hizo. E hizo política del máximo tribunal hablar con la prensa las veces que fuese necesario, como una manera de que la gente de a pie entendiera qué se hace allí dentro, para contrapesar el argumento de que el 90 por ciento del presupuesto se gasta en sueldos. Con los periodistas es simpático sin perder firmeza y, sin que este texto cuente infidencias, en un asado es un igual.
En diciembre, tras otro delito que ya se tragó la agenda, el propio gobernador Mario Das Neves amenazó con encabezar una jornada de protesta a tribunales. Era tensar al máximo los límites institucionales y amplificar el discurso que pone la carga de la culpa en los jueces. Aunque todos lo creen cercano al Poder Ejecutivo (y quién sabe, quizás lo sea), de inmediato Panizzi castigó muy duramente la idea. Pero apenas días después, compartió fotos y sonrisas con el mandatario en un evento institucional en Puerto Madryn. El juez no cree que estas secuencias de conductas sean incorrectas ni que una cosa quite la otra, como pensando que Chubut puede ser Europa.
Quizás sin quererlo tuvo estrecho contacto con el ministro de Economía, Víctor Cisterna. Fue su única forma de gestionar plata mano a mano o por celular. El ex presidente judicial jamás dejó de reconocer el sentido común y la honestidad intelectual del funcionario peronista. Eso sí: cuando Cisterna siquiera amagó con quebrar el mandato constitucional de que la Justicia maneja su presupuesto, Panizzi le exigió sin imposturas que “no se meta”.
Tampoco fue muy amigo del Sindicato de Trabajadores Judiciales del Chubut, que siempre lo acusó lisa y llanamente de “incapacidad” para ser juez, desde tiempos en los Panizzi administraba justicia en Sarmiento. No es que el ministro los maltratara verbalmente. Apenas navegó en internet y verificó que ese gremio estaba flojito de papeles que sostuvieran su estructura. Y lo dijo. Y lo calificó de ser un “club de amigos”, algo rigurosamente cierto al menos hasta que a fines de 2009, por fin el SITRAJUCh aportó y publicitó en todas las redacciones su inscripción jurídica. Para el entonces presidente fue un triunfo: significaba que hasta ese momento, el gremio no era tal y por tanto, la razón le asistía. No tuvo el apoyo del pleno del cuerpo y por eso no logró quitarle beneficios como las licencias gremiales o los descuentos a los afiliados.
Hubo una batalla que (todavía) no ganó: declarar inconstitucional la Ley de Porcentualidad. La verdad es que lograr tal cosa quebraría definitivamente tanto cariño con el sindicato. Los testigos fueron pocos y aún no era presidente, pero los privilegiados no se olvidan aquella mañana de 2008, de ruidosa protesta en la vereda del Superior, cuando el juez no mandó a ningún cadete: atravesó él mismo la marcha para comprar cigarrillos en el kiosco de enfrente. Por lo sorpresivo nadie atinó a reaccionar, ni siquiera con un insulto.
Claro que la peor relación y la más grave para la institucionalidad fue con los diputados provinciales. Sin dudarlo nunca, Panizzi los acusó lisa y llanamente de “intervención” al Poder Judicial por manotearle fondos. Fue la última acusación. Antes y durante un año, los retó, ironizó sobre su capacidad intelectual, los criticó y los ignoró olímpicamente cuando fue necesario. Fue atacado en la misma medida pero el cruce le sirvió porque demostró la solidez de argumentos de ambos lados. Apenas el peronista disidente Javier Touriñán estuvo a su altura.
El clímax fue el discurso de despedida de Panizzi, en marzo. Una pena que los medios de cobertura habitual no entendieran del todo lo que pasó esa tarde. De otra forma, los buenos ciudadanos quizás hubiesen percibido que fue un día de quiebre en relación con lo que Chubut acostumbra. Empezando por la irrespetuosa ausencia de varios legisladores sin aviso ni explicación alguna, como si no escuchar a un presidente que los incomodó los hubiese hecho más valientes e intransigentes. Lo mismo para el Poder Ejecutivo: sólo apareció el ministro de Gobierno y Justicia, Miguel Castro. En ocasiones bastante menos importantes, el recinto se llena de corbatas enamoradas de las fotos.
En un recinto con amplios vacíos, Panizzi fue el grano. Hizo como que se había olvidado los lentes para tener excusa: en realidad quería decir lo suyo de memoria, sin leer, al borde de la canchereada. Lo dijo y de memoria. Habrá olvidado un par de líneas de lo escrito en la versión impresa y compensó con agregados que el libro institucional no incluyó. Mirándolos a la cara, casi que los acusó de golpistas e ignorantes de la ley.
Usó los conceptos más intrincados que pudo, como para que varios diputados menos que legos abrieran bien grandes los ojos. De política criminal, perfiles institucionales o porcentajes, poco y nada. Siempre le importó más la democracia que sus estadísticas.
Fue un largo reclamo mechado con quejas, advertencias y enseñanzas cívicas. Hubo legisladores que miraban la nada, otros de sonrisa torcida y los más, de toses nerviosas y piecitos movedizos. Esperaban dureza, y no tanta. ¿La última oración? Casi un reto en voz alta: “¡Cese la intervención de esta Legislatura sobre el Poder Judicial!”. Baste decir que apenas tres aplaudieron: los radicales Carlos Lorenzo y Roberto Risso, y el arista Fernando Urbano. Aunque sea obligadamente, hace bastante que el oficialismo no callaba para escuchar una voz cuasi opositora.
Y esta vez no tenían a mano la costumbre de levantarse para no dar quórum ni un cuarto intermedio salvador. Luego, ante la prensa, los diputados le contestaron a gusto. Era tarde: Panizzi salió caminando tranquilo, como cualquiera tras inocular su veneno en el enemigo.
Tras este sismo para un escenario institucional que suele consumirse en sí mismo, 2010 será quizás de apariencia tranquila. El presidente será Daniel Caneo, el menos afecto de los ministros al contacto con la prensa. O al contacto, bah. Cercano a la doctrina de que los jueces hablan por sus fallos, no cree que sea tan importante salir a dar explicaciones públicas. Quizás por eso nunca dio su versión acerca de la polémica Ley de Porcentualidad: fue quien la firmó en nombre del Superior en un evento aplaudido por todas las partes aunque hoy parece que nadie estuvo allí.
Panizzi volvió a su despacho, ya sin barba. Ahora es un ministro más. Pregona tanto el respeto a la institucionalidad que no la romperá opinando de más ni pasando por encima de su sucesor. Se morderá la lengua y sus “frases-título” serán bastante más espaciadas en diarios, radios y sitios web. Pocos saben que recibe ofertas seguido para cargos nacionales. Por ahora no las aceptó. Si la negativa se prolonga, en 2015 volverá a presidir el Superior. Será un año electoral, caliente como siempre, de tironeos. No hay que ser estadista para saberlo ya. Mientras, esperará entre sillones y dibujos con el único deseo que tuvo, tiene y tendrá entre ceja y ceja: vivir para ver a Los Andes campeón.
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