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METIDOS. Historias “irregulares”. Crónica 2
Dos bolivianos, cinco argentinos, tierra de nadie |
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| “No se si te van a atender. Son gente muy cerrada”. Decían algunos vecinos y cuando decían gente cerrada querían decir gente reservada.
Lo cierto es que si se golpean las palmas en la casa de esa esquina, allá en la toma, atrás de las 1008, capaz que la misma nena sale a saludar y busca a la madre. Y la madre llega, lo escucha a uno con atención, abre el portón, y “adelante”. Las puertas están abierta. La entrevista en marcha. |
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Mariela Marcelo dice que tierra se dice “jallpa” y casa, “wasi”. Pero no está muy segura. No tiene muy claro el idioma. Los que hablaban quechua eran sus padres, allá en la “jallpa” de origen. Y también sus suegros. Lástima que el marido no está en casa. “El si que lo sabe bien”.
Hugo está en Bahía Blanca, trabajando en la empacadora de cebollas. Recién en Junio estaría de vuelta. Ese es uno de los trabajos que hace para mantener a la familia. Es sacrificado, pero seguro. Cuatro meses seguidos embolsando cebollas, lejos de Mariela y los cinco chicos, que viven acá, en la casa que él levantó con la ayuda de ellos.
Porque el marido también sabe de albañilería y cuando está en Comodoro, los meses del año que vive junto a su familia, trabaja en la construcción. Es oficial carpintero, un oficio crucial para la construcción de obras de envergadura, con grandes estructuras de hormigón armado.
De los chicos, el mayor tiene 15 años. Se llama Brian. Nueve tiene el menor.
Mariela y su marido son bolivianos. Ella de Tarija. El de Potosí. Juntos llegaron a Mendoza en 1994. Sus cinco hijos son argentinos. Sólo el mayor nació en la provincia cuyana. Los otros cuatro en Bahía Blanca. Allá Mariela también trabajó en la empacadora de cebollas, después del nacimiento del tercero de los chicos. Un solo sueldo ya no alcanzaba.
Allá alquilaban en el barrio Pedro Luro y la vida se les empezó a hacer más difícil con todos los chicos en edad escolar. Alquilaban. La escuela les quedaba lejos. Los dos papás trabajando. Sin familia cerca. Todo era complicado.
Mariela dice que por eso llegaron a Comodoro. Sobre todo para poder darles una buena educación a sus hijos. “Acá hay más posibilidades y la escuela está más cerca”.
Llegaron en 2006 y alquilaron una casa en el barrio Abel Amaya.
Pero los precios de la vida en esta ciudad pronto les demostraron que sostener un alquiler, mantener y educar a los chicos no sería posible por mucho tiempo más si algún gasto fijo no se reducía sustancialmente. Entonces, para poder quedarse en la ciudad donde sus hijos continuarían sus estudios, tomaron un pedazo de tierra a espaldas del barrio 30 de Octubre.
Fue el 10 de Octubre de 2006. Y fueron pioneros de esa toma. Hoy son en total 34 las familias de extranjeros (o en la que los mayores son extranjeros) que aceptan la representación de Mariela ante los funcionarios municipales que se ocupan de regularizar los asentamientos. En total, esas familias suman alrededor de 90 chicos.
En el caso de los Marcelo, la regularización se impone. La familia levantó empujada por la necesidad una casa sólida de ladrillos, con tres habitaciones. Sin perder tiempo. El ritmo de trabajo que tiene esta gente es algo que asombra a los argentinos. Y la obra de los Marcelo sigue adelante, para darle mayor funcionalidad a la casa y comodidad a la familia. No se detiene. “Los que tenemos familia no mandamos plata para Bolivia. La plata la invertimos acá. Eso que se dice es mentira”, dice Mariela.
Mientras los más chicos juguetean por ahí o se entretienen con un juego en la compu, Brian pasa y se queda escuchando a su mamá contar todo esto al desconocido visitante, que ahora se dirige a él, conversan un rato y le pregunta si no le molesta que los argentinos les digan “bolitas”, muchas veces despectivamente, a los bolivianos.
“No me molesta porque se que lo voy a escuchar”, dice el pibe, con superación filosófica, pero cuenta que en su escuela a él nadie lo molesta con definiciones de ese u otro tipo. “A mi no me joden. Ya me conocen. Yo soy argentino”, comenta.
En su fisonomía juvenil se revela los signos de su ascendencia, pero llevados sobre sus intereses, sus ojos apuntan al mar. A él lo que le gusta son las ciencias naturales, y de todas ellas, la que más, es la biología marina. Dice que tal vez algo de eso estudie en la universidad.
La entrevista termina y Mariela vuelve a ponerse manos a la obra. Ya se está leudando de más el pan que amasa para sus hijos, día por medio, o cada dos días, y que cocina en el horno de barro, ese que también construyeron en familia, y que se luce a la entrada de esa casa de ladrillo que los Marcelo levantaron en esto que hace tan poco era tierra de nadie. |
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