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METIDOS. Historias “irregulares”. Crónica 1
Carmen y Gabriel van y vienen |
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Carmen Gómez es una de las hijas de un matrimonio “medio nómade”. Nació en Comodoro pero anduvo el país hasta que todos se instalaron en una casa del complejo LU4.
Ahora es una mamá laburante. Tiene 38. Está separada del padre de sus dos hijos. |
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Nico, el de 20, formó su familia. Está independizado. El menor es un copado del dibujo. Le gusta el animé japonés y empieza a interesarse por la filosofía de esos cartoones. Cuenta de los chakras y de Naruto. Tiene 11 años. Se llama Gabi y piensa ser abogado. Por lo pronto es medio humorista y hace reir a las visitas.
Recién terminó las tareas de la escuela. Ahora practica animé sobre el papel, mientras sigue de a ratitos un partido que Argentinos perdería en vivo por la tv pública.
Carmen baja el tele y cuenta que fue cinco años voluntaria del Ejército y cuando era joven y flaca trabajó como secretaria en estudios jurídicos y de arquitectura. Ahora dice que la edad y algunos kilos de más la sacan de la cancha. “El que dice que no hay discriminación laboral miente”. Ahora es empleada doméstica. Trabaja 6 por uno, en una casa de familia, de 7 a 14 más o menos.
Hasta hacía dos semanas le daban los horarios y militaba por la tierra, era delegada de su manzana y colaboraba con un vecino querido de la zona, Marcelo Curallán, en la organización y regularización de las tomas que se extienden de modo sobrecogedor a espaldas de ese barrio de mala fama que es las 1008, o 30 de Octubre.
“Dicen que fue en el ‘82 u ’83 que empezaron a ocuparse los departamentos que la burocracia militar había entregado a algunos hijos y entenados de Comodoro en su justo derecho, y a otros acomodados por izquierda, amigos de burócratas que después los terminaron rifando. ‘Indusklein’, se llamaba. O algo así. Recuerdan que la empresa que había empezado la construcción financiada por el Fonavi renunció a la obra después de embolsar una millonada; la milicada estuvo hasta último momento urdiendo estafas. Las obras las siguió Dycasa. Los últimos edificios fueron tan mal construidos que después entre las grietas se saludaban los vecinos”. Así decía El Extremo Sur de la Patagonia, en Abril-Mayo de 2008.
Rentas
Carmen Gómez tuvo a su primer hijo con 17 años y desde entonces vivió de casa en casa, de barrio en barrio, siempre alquilando, trabajando de lo que viniera para criar a los chicos y pagar la renta. Siempre pidiendo, infructuosamente, tierra o vivienda en el municipio y el IPV. De la gestión Simoncini una vez recibió un subsidio de 250 pesos. Pagó la mitad del alquiler. Ella y su hijo se estaban quedando en la calle.
En 2004, cuando el menor de sus hijos tenía apenas 3 años, desde uno de los departamentos que alquilaba en esos monoblocks, Carmen planeó junto a otras 23 familias, hijos de vecinos del barrio LU4, la primera de las ocupaciones organizadas sobre las tierras que se extienden a espaldas de las 1008. Ahora recuerda que antes de comenzar la toma, el Municipio fue puesto en aviso.
Así nacía la extensión del barrio 30 de Octubre.
Por entonces los vecinos demarcaron el baldío y a Carmen le tocó la última fracción sobre la derecha. Al lado de ella se instalaría Curallán, en lo que se considera el límite entre la extensión del Abel Amaya y el 2 de Septiembre, nombre que le asignaron a la toma en memoria del día en que empezó el Municipio el proceso de regularización.
Carmen estaba sola. Su familia no pasaba un buen momento económico y no podían ayudarla. Ella puso algunas estacas, levantó cuatro columnas para una mejora. Un mes después ya había otra familia instalada en una casita muy precaria.
Ocupantes
El caso del ocupante-ocupado es una historia recurrente en las tomas. Ahora resulta que ese pedazo de tierra que ella había tomado para sí y para sus hijos pasó por varios “dueños” que compraron y vendieron.
En muchas de las ocupaciones de la ciudad, pobres y avivados comercian entre sí la ilusión y la necesidad.
Ahora en el terreno que cuenta ya con mensura y dominio legal habita “una chica que me cuidaba cuando yo era bebé”, comenta Gabriel. “Acá la cosa es así”, dice la madre. Vueltas de la vida.
“En el 2006 me metí en el sector 6, allá donde están los últimos que se metieron, que ya están lindando con LU4”. Ahí sí pudo construir una mejorita y vivió un año. Pero las malas costumbres de la vecindad la decidieron a abandonar el nido. El sector permanece irregular.
En el barrio dicen que el sector “es tierra de nadie”. Comentan sobre las “casitas”, los “vips truchos”, y hablan de cómo corre la merca.
Ahora Carmen ocupa un terreno y una mejora muy chiquita, unas cuadras más allá, en la extensión del Amaya. Su casa tiene luz y toma agua de una conexión irregular que desconoce.
“Ya me robaron
no tengo nada de valor
por favor no rompan nada más porque me cuesta”.
La leyenda se lee desde la calle. Carmen la escribió con pintura blanca, a pincel, sobre la chapa, en la pared del frente de su casita.
Se cansó. Le entraron a afanar tres veces. La primera se llevaron una compu y el DVD. La segunda el tele y un DVD prestado. La tercera un vecino vió el movimiento, chifló y los chorros dispararon. “La gente que realmente necesita no hace estas cosas. Esto lo hace la gente que se dedica a la vagancia. Que la quiere fácil”.
En el cerco del frente de su lotecito cuelga un cartel también pintado a mano que dice: “Flia. Gómez. Exp. 646/05. Letra G”.
El destino de Carmen y Gabriel seguía siendo incierto a comienzos de Marzo. Ella y otras nueve familias de la manzana son todavía “irregulares”. Desde el Municipio temen por la estabilidad del cerro a sus espaldas. Le proponen reubicarla en la parcela 14, en el mismo Amaya, pero a unas 14 cuadras, sobre “suelo duro y sin servicios” aún. “Demasiado lejos” de la escuela de Gabriel y los afectos que ellos conservan y consolidan entre los vecinos de las tomas, alrededor de las 1008.
Carmen dice que ya no la mueven. De ahí no la sacan. Y cuenta que “Ilegales no somos”. Que “la tierra es de todos”. |
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