Ganarse la vida en una ciudad cara
¿Cuánto gana y cómo vive la gente que habita en una de las ciudades más caras del país? Una crónica sobre los medios de vida en Comodoro Rivadavia, ciudad de trabajo.
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Viviana trabaja, como muchos, 8 horas por día. Pero a ella le corresponde limpiar donde los demás ensucian. Descansa sólo los martes. Cobra por mes unos 2180 pesos, y quisiera, lo necesita, pero no la dejan, hacer horas extras. Vive en una casa de un plan de viviendas oficial, con dos dormitorios. Le paga a la Provincia 140 pesos por mes por ese techo que algún día será suyo. Por la luz y el agua paga boletas que rondan los 270. Cuando la factura del gas le llegó de 470, casi le agarra un ataque.
Hasta no hace mucho vivía sola. Pero ahora comparte su casa con otras 5 personas en situación de “emergencia habitacional”. Su hijo y la novia y un amigo; su hija y una amiga. Todos en trance de encontrar un trabajo mejor pago y bancarse un alquiler. Pero por ahora están de prestado en lo de Viviana y ayudan con lo que pueden. Su hijo trabaja en seguridad y gana unos 2000 pesos mensuales; la novia de su hijo trabaja 4 horas al día en limpieza y gana 1000; y su hija, que trabaja en pre-ventas, tiene un sueldo muy variable, siempre insuficiente. A la amiga de ella, que trabaja en una rotisería, le pagan 50 pesos por día. El amigo de él llegó desde Punta Alta buscando trabajo y también lo consiguió, como guardia de seguridad.
Excepto los que cumplen tareas en relación al petróleo, y ganan unos 6 mil pesos mensuales ajustando sus regímenes laborales a las necesidades de la industria, la gran mayoría de los vigiladores privados deberían cobrar 2484 pesos de sueldo mensual bruto por 200 horas de trabajo al mes, o 48 semanales, según se informó desde la delegación regional de la Unión del Personal de Seguridad (UPSRA).
En el plazo de los últimos 8 años la entidad duplicó su número de afiliados. Hoy son alrededor de 1500 en Comodoro Rivadavia. La inseguridad y el miedo, según parece, también son grandes generadoras de puestos de empleo.

ASISTENCIA

“Trabajar para incluir” se llama uno de los programas sociales que opera el Municipio con fondos de Provincia. Se propone “asistir a las familias que cuenten con ingresos insuficientes para adquirir una canasta básica de alimentos”. Según el gobierno de Chubut, a mitad de año una familia tipo necesitaba poco más de 2000 pesos para “parar la olla”.
El Estado “asiste” a los “beneficiarios” de este programa con 450 pesos mensuales. En Comodoro, en el 80% de los casos, se trata de mujeres con hijos, jefas de hogares en los que no hay hombres que aporten. Entonces el Estado les asigna cien pesos en efectivo y 350 para que puedan debitar de los fondos del programa mediante la “tarjeta social”, comprando en los supermercados de la ciudad algunos de los alimentos y productos de higiene y limpieza que constan en una lista precisa. Dinero electrónico para ciudadanos vulnerables, o vulnerados.
Pero como todo derecho conlleva una obligación, el Estado impone a esas mujeres el deber de una contraprestación, no laboral, sino “familiar”, exigiendo que certifiquen periódicamente el cumplimiento de sus deberes maternales, como por ejemplo los controles sanitarios y la vacunación de sus hijos, o su asistencia a la escuela en tiempo y forma.

El programa paga lo mismo a una madre con 2 o con 6 hijos. Siempre son 450 pesos. Pero el Estado también les ofrece la ayuda de los denominados “acompañantes comunitarios”. En su mayoría son estudiantes de Trabajo Social, que por 6 horas de “acompañamiento” al día cobran 1200 pesos mensuales, y deben facturar sus servicios al Municipio como monotributistas y afrontar el costo que eso implica.
Esa es la misma suma que perciben otros varios contratados no profesionales de la comuna. Según comenta, una estudiante universitaria pronta a recibirse depende de esos $1200 pesos por mes para sobrevivir en Comodoro. Para comer usa lo que le resta de ese sueldo, después de pagar 750 pesos por el alquiler de un lavadero refaccionado a monoambiente, en una de las tantas casas de familia que este nuevo “boom” de actividad transfiguró en pequeños pensionados. Cada día, después del trabajo, estudia, y changuea, siempre que puede.

PULLING

En terminación y pulling, un obrero boca de pozo cobra unos 8.000 pesos mensuales; en perforación unos 10 mil. Un jefe de equipo llega a los 20 y un jefe de campo a los 25 mil pesos por mes. Un superintendente de perforación cobra unos 35.000 pesos mensuales. Por encima de él, en una gran contratista petrolera, que puede ser una empresa de perforación, terminación y pulling, se ubican los jerarcas mejor pagos de la industria, en los cargos de dirección y gerencia, siempre con sueldos superiores.
Alguien en la radio hablaba de una canasta básica de 1200 pesos. Y Juan se reía, de indignación. Hasta hace 3 meses él ganaba 12 mil como obrero petrolero. Su sueldo hubiera alcanzado para alimentar a 6 familias con la canasta “oficial” de alimentos, o a 10, con aquella mucho más flaca.
El trabajaba en un equipo de pulling, hasta que a su empresa le rescindieron el contrato y el quedó afuera. “Y también hay un montón de viejos a los que mandaron a la casa, porque no hay trabajo para darles. Pero les siguen pagando. Si los echarían sería un desastre. Y la mano está dura. Yo no consigo nada”. Juan parece mayor, pero tiene 45. “Estoy un poco grande y no hay trabajo de lo que yo sé hacer. Me pasé toda la vida en el petróleo”. Viste zapatos, jean, campera de cuero. Todo nuevo, de marca, impecable.
Su mujer tiene 36 años y también busca empleo, pero no encuentra. Trabajó alguna vez en una panadería y algo sabe de repostería. Tienen una hija de 6 años.

Juan no quiere que su familia siga desandando el camino de su “progreso” económico. No quiere pasar de los ajustes a los recortes, de las privaciones a las carencias. Y el hombre está inquieto. Dice que la plata que tiene guardada le va a alcanzar para bancar a la familia por 3 meses más, como mucho.
Hoy paga un alquiler de 1500 pesos en el San Martín. Y el gas, el agua y la luz, los teléfonos. En comida dice que gastan unos 250 pesos por semana. Estima que por lo menos necesitan 3000 para cubrir los gastos fijos del mes. “Sin comprar ropa ni nada. Y rogá que la nena no se enferme”. Porque ahora, obra social tampoco tienen.
“Parado no puedo estar, algo de plata tiene que seguir entrando a la casa”. Y fue por eso que Juan invirtió en un utilitario cuando se quedó sin trabajo. Y ahora changuea sobre ruedas, y 40 o 50 pesos al día levanta. Y con eso paga el seguro de su remis trucho.
Dice que un vecino le había ofrecido un trabajo de 100 el jornal, como obrero de la construcción. Tenía que salir a las 7 de la mañana. Iba a volver a las 8 de la noche. Y aprenderlo todo, porque de albañilería no sabe nada. El le dijo que no, por el momento, gracias.

OPORTUNIDADES

Una pareja de obreros, ambos bolivianos, salen apurados del supermercado al mediodía. Tienen que llevar a sus dos hijos a la escuela. En las bolsas llevan, sobre todo, frutas. Mientras caminan hasta su auto –un Renault 19 modelo noventa y pico—, él cuenta que hace 5 años están en Comodoro. Ella lo regaña por detenerse a hablar cada tanto. Acá tienen su casa. La construyó él mismo. Los dos trabajan en una pesquera y cobran unos 1200 pesos por quincena. Están muy apurados. Mucho más no puede contar. “¿Y eso les alcanza para mandar algo de plata a su familia, en Bolivia?”. “No –dice—. Yo me los traje a todos”, y disculpándose, sube al auto, y acelera, mientras su mujer le recrimina el retraso.
“Alberto” no es obrero ni boliviano, es empresario y porteño, pero también llegó a radicarse en Comodoro hace 5 años, después de haber viajado mucho por trabajo, como empleado de una multinacional que, según dice, “me enseñó a no ser de aquí, ni ser de allá”. Y “Alberto” también tiene mujer, y dos hijos. Pero es mediodía y él no anda a las corridas. Sorbe con calma un café en la confitería de un hotel céntrico. Está por tener una reunión de negocios. A diferencia de aquellos, el acá no tiene casa, ni le interesa tenerla, según parece: “los valores que están pidiendo no tienen justificación”. Entonces, vive en una casa alquilada. Pero sí es el dueño de su propia empresa, que es una de esas “con proyección, porque no depende directamente del petróleo” para desarrollarse.

“No te voy a decir qué hago, ni cuánto gano, pero me va bien”, cuenta este ingeniero de 39 años, vestido de camisa, jean y zapatos, y la posición que asume su cuerpo en el sillón, con una pierna cruzada sobre la otra, le da un cierto aire de arrogancia. Una y otra vez pide disculpas y atiende su celular, que suena con insistencia. Se lo escucha cerrar operaciones comerciales. Está risueño. Las cosas marchan bien, según parece. Cuando cuelga, retoma su atención sobre esta charla, pero no puede evitar observar a sus espaldas, la puerta de la confitería, la gente alrededor. Duda de que su interlocutor sea sólo un cronista. Es notorio que piensa: “¿y si fuera un ladrón, un informante de ladrones?”.
“Comodoro está lleno de gente exitosa, que sabe aprovechar las oportunidades –dice—. Gente que tal vez tiene un poder intelectual superior y eso le ayuda en sus negocios. Acá hay muchas posibilidades de hacer cosas”, dice Alberto, y su desconfianza se aquieta después de ver el documento de su interlocutor ocasional.
Cuenta que en Comodoro, en el ámbito de los negocios, si haces las cosas bien, te retribuyen. “Acá no necesitas marketing –asegura—. El boca a boca te alcanza si haces las cosas en tiempo y forma”, y cuenta más tarde que, en cambio, hacer amistades le resulta más difícil que hacer negocios. “Estoy bien relacionado, en un entorno de gente importante, pero hacer amigos no es fácil en Comodoro. Siempre hay intereses de por medio”.

ALQUILER

“Gabriela” va a dejar a la familia y a los amigos en la capital del petróleo. Se va a estudiar a otro lado. Mientras tanto trabaja 8 horas, 6 días a la semana, en un gran comercio céntrico, y le pagan 2900 pesos mensuales. Es más de lo que cobran sus compañeros, porque ella cumple tareas de encargada, aunque en su recibo eso no consta. Cuando terminó la secundaria y consiguió trabajo se mudó sola, y disfrutó la independencia doméstica por casi un lustro, pero este año está de vuelta en casa de mamá, porque ya no puede bancar sola un alquiler, y dice que no tiene amigos con quien compartir ese gasto: “nadie quiere irse de la casa de los viejos para quedarse acá”.
“Alejandra”, en cambio, con el alquiler no tiene problema: se lo paga la empresa, que es una multinacional petrolera. Pero sólo vive los fines de semana en el departamento de casi 5 mil pesos mensuales que le alquilan en Comodoro, donde también le proveen un auto. Los demás días vive en un hotel, en una localidad petrolera cercana de la que entra y sale en avioneta. Ella es profesional, extranjera, soltera y cobra su sueldo en dólares: unos 18 mil al mes. El trabajo que hace es crucial para el desarrollo de las operaciones de esa empresa, que la interceptó trabajando para otra compañía del rubro en un país caribeño, y se la trajo al sur del mundo para encontrar petróleo para su costal. Dicen que su bondad con los amigos no tiene límite, y que cuando viaja por el mundo, siempre trae regalitos.

SERVIR

“Nico” conversaba el otro día con un albañil salteño y se indignaba. Una de las más afamadas empresas de la construcción de Comodoro le paga 90 pesos por una jornada de trabajo que se extiende todos los días de 9 a 23. “Pero si lo pensás bien yo no estoy mucho mejor”, dice. Su “puesto” le da status, pero también trabaja para otros, casi 12 horas al día, en otro de los rubros mal pagos del mundo laboral: el de la gastronomía. Y lo que cobra no le parece justo ni adecuado a sus obligaciones: gana 5 mil pesos al mes.
Para contribuir con el hogar se suma el sueldo de su chica, que es de 3 mil pesos.

Por el trabajo que hacen, no necesitan comer en casa, y eso les implica un buen ahorro. Pero tienen que pagar a dos niñeras para que cuiden a su hijito de apenas unos meses. A cada una le pagan 700 pesos por 4 horas de trabajo diario. Y a eso se suman los 1300 pesos del alquiler de un departamento con una sola habitación, los casi 500 pesos de gasto en telefonía que le insumen a él las responsabilidades de su trabajo, los servicios y demás gastos fijos.
Están pagando un auto cero kilómetro, visten ropa de marca, y tienen su casita bien equipada. “Pero vivimos para trabajar”, dice “Nico”, y cuenta que los domingos salen a comer afuera, para disfrutar, al menos en una comida a la semana, de ser servidos.
   
 
 
 
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